Hacía por lo menos seis meses que no tenía contacto con ningún otro ser humano. Me gustaba pensar que yo lo había elegido, pero en el fondo sabía que la vida me estaba poniendo de frente a mí mismo.

Vivía sin luz eléctrica, cocinaba con fuego -cuando cocinaba- y me bañaba en una alberca de agua helada que me servía, también, para regar los bancales que prometían darme de comer en unos meses.

Mientras tanto, sobrevivía de plantas silvestres que había aprendido a distinguir y de un saco de arroz al que no le quedaba mucha vida.

Al principio, por las noches, tenía miedo. Me quedaba despierto, con los ojos muy abiertos escudriñando, alerta, cada pequeño ruido en la oscuridad.

Me costó un tiempo hacerme a los sonidos desconocidos de la naturaleza nocturna. Pero pronto me acostumbré al silencio. Por las noches era tan intenso, que casi podía escuchar el latido de mi corazón.

El pueblo más cercano estaba a ocho kilómetros, dos horas de camino por la montaña. Por allí no pasaba un alma. La finca me la había dejado un inglés a cambio de que la mantuviera mínimamente decente. A él poco le importaba mi bienestar, aunque me había dejado un saco de arroz y algunas latas.

Había tanto dolor en mi corazón, que cuando se aliviaba un poco, sentía que era inmensamente feliz. Me sentía solo y, últimamente, le pedía al cielo un compañero con el que conversar. Pero nada… solamente el susurro de las hojas y algún jabalí ocasional.

Empezó a ocurrir que cuando me levantaba por la mañanas e iba a lo que intentaba ser una cocina, me la encontraba echa un desastre. La poca comida que conseguía estaba toda por los suelos. La verdad es que no se podía decir que estuviera ordenada y limpia precisamente, pero eso ya era demasiado para mí.

Parecía que estaba teniendo un visitante nocturno. Al principio pensé que sería un zorro, porque un jabalí hubiera ocasionado el apocalipsis. Pero nunca le pillaba…

Llevaba leyendo el mismo libro unos tres años, creo que después de ese tiempo empezaba a entenderlo. Un libro que, con el tiempo, se convirtió en uno de mis grandes maestros. Cuando dejé de necesitarlo lo perdí.

Una tarde, mientras leía debajo de un naranjo centenario que prometía próximos banquetes, apareció allí, frente a mí. No sé si se le podría llamar un gato, o lo que quedaba de él más bien.

Parecía faltarle un ojo o por lo menos, no se lograba distinguir debajo de la sarna. Le faltaban mechones de pelo y tenía heridas por todo el cuerpo supurándole pus. Estaba allí sentado, mirándome fijamente. Por fin le ponía cara al bandido que estaba causando tanto destrozo.

Cogí una piedra que estaba junto a mí y se la lancé – ¡!Tssssssss! ¡Fuera de aquí! – Salió huyendo, cojeando como un condenado y desapareció entre los bancales.

Lo que me faltaba pensé.

Al día siguiente, volví a encontrarme la cocina echa un desastre. ¡Maldito gato! Tal y como estaba me podía contagiar cualquier cosa.

Todas las tarde volvía y se quedaba allí, sentado, mirándome de frente con el único ojo que le quedaba. Y todas las tardes, le echaba con una piedra y toda clase de insultos y amenazas. No le quería allí, me daba asco, infecto y enfermo como estaba. Pero él siempre volvía y se quedaba a una distancia prudencial esperando en silencio.

Llegué a acostumbrarme a él entre regañadientes.

Esa mañana había estado trabajando en los bancales y me sentía bastante cansado. Me senté bajo el naranjo a tomar un respiro y empecé a sentirme profundamente triste.

¿Qué sentido tenía mi vida? Allí solo, en mitad de la nada. Ninguno de mis sueños de juventud se iban a cumplir. Mi vida era en realidad un desastre, por mucho que me engañara. Me había convertido en un antisocial… en un marginado. Creía perseguir el sueño de la libertad, pero estaba allí tirado como un perro.

Empecé a llorar de desesperación cubriéndome la cara con las manos.

Y de repente, un maullido. Levanté la mirada. Era la primera vez que le oía. Allí estaba de nuevo, frente a mí, mirándome con compasión. Y lo vi. A mí mismo. Tan desastre como yo. Tan sucio y despeinado. Lleno de magulladuras y cicatrices. Con las heridas abiertas, pidiendo solamente un poco de amor.

¿Cómo era posible? ¿Cómo había estado tan ciego? Allí me tenía a mi mismo mirándome a los ojos. La vida, encarnada en un gato sucio y andrajoso, reflejándome mis propias circunstancias. Reflejándome mi propio miedo y dolor.

Todavía con lágrimas en los ojos fui a buscar a la cocina. Como por aquel entonces yo ya no comía carne, tenía todas las latas de atún que el inglés me había dejado. Y le serví una en un viejo plato de plástico que encontré por allí tirado.

Esa noche comió. Y esa noche durmió. Y yo también.

A la mañana siguiente no había rastro de él en la cocina. Durante el día le estuve buscando, pero no apareció hasta por la tarde. Por un momento me alegré de verle. Tenía mejor aspecto.

Enseguida le puse otra lata de atún que devoró con mucho gusto. Después, se quedó allí conmigo. bajo el naranjo. Nunca se acercaba demasiado. Creo que todavía se acordaba de las piedras.

Al cabo de una semana, se le habían curado casi todas las heridas y el ojo enfermo comenzó a reaparecer. Cada vez se tumbaba más cerca y pasábamos las tardes leyendo y respirando bajo el naranjo.

Muy pronto empezó a correr conmigo entre los bancales y me traía pajarillos muertos que había cazado. Cuando me levantaba por las mañanas, estaba frente a mi puerta plácidamente dormido. Se sentía protegido. Se sentía cuidado… y yo también.

En un mes se había recuperado completamente. Parecía otro gato, con su pelo brillante, su mirada encendida y su felino caminar. Y yo había recuperado la alegría y las ganas de vivir. Cuando no estaba, le echaba de menos y cuando estaba, disfrutaba de su compañía silenciosa y de su presencia.

Él me enseñó a mirarme en el espejo de la vida. Él me enseñó a amar todo lo sucio, todo lo andrajoso, todo el dolor y toda la soledad que había en mi corazón. Él me enseñó compasión y ternura. Me enseñó, que todo merecemos ser amados. Y me enseñó, el milagro de la sanación a través del amor. Él, un gato, me enseñó a ser humano.

Un día, aunque lo estuve buscando como loco, no lo pude encontrar. Se había ido para siempre y lo supe. Nunca lo volvería a ver.

Ahora era libre, como yo.

………………………………………..

A los pocos días mientras trabajaba en los bancales escuché: ¡Hola! ¡Hola! ¿Hay alguien aquí? Alguien chillaba con voz de extranjero. Mi soledad había acabado…

Pero esa es otra historia y os la contaré en otro momento.

Hugo Lega

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